Miami: mi primer contacto con Estados Unidos
Hay viajes que uno planifica durante meses y otros que nacen casi de casualidad. Este fue uno de esos casos. Todo comenzó cuando mi amigo Santi me comentó que iba a viajar a Florida y, entre chiste y chiste, terminé sumándome a la aventura. Sin saberlo, estaba por conocer Estados Unidos por primera vez.
Después de gestionar la visa, sacar los pasajes y preparar las valijas, llegó el día de partir. El vuelo nocturno entre Ezeiza y Miami fue tranquilo y, tras varias horas de viaje, finalmente aterrizamos en una ciudad que hasta ese momento solo conocía por películas y series de televisión.
La entrada al país y el Toyota Corolla
Los trámites migratorios fueron bastante rápidos y, una vez retirado el equipaje, nos dirigimos al sector de alquiler de autos para retirar el Toyota Corolla automático que nos acompañaría durante todo el recorrido por Florida. Con el auto listo, pusimos rumbo hacia South Beach.
El único sobresalto de la llegada fue cuando, al pasar la última barrera de seguridad, a Santi lo llamaron aparte y lo metieron en un cuartito alrededor de media hora donde le revisaron las valijas. Visto que todo estaba en orden, lo dejaron seguir su camino. Finalmente, ya oficialmente dentro de EE.UU., nos subimos al trencito interno del aeropuerto y retiramos el auto.
Raúl, María Elena y una bienvenida de película
Antes de llegar a nuestro alojamiento hicimos una parada muy especial. Un matrimonio de cubanos, amigos de la familia de Santi, nos recibió con una hospitalidad difícil de olvidar. Entre charlas, anécdotas y una montaña de cajas que terminamos cargando en el auto, ya empezábamos a sentirnos como en casa.
Raúl y María Elena nos llevaron después hasta South Beach para mostrarnos el departamento y luego salimos a cenar los cuatro en algún lugar de la Lincoln Road. Fue uno de esos encuentros inesperados que quedan grabados en la memoria mucho después de que el viaje terminó.
El departamento en Collins Avenue
Nuestro departamento estaba ubicado sobre Collins Avenue, en la esquina de 27th Street, a pocos metros del mar. Tenía salida directa a la playa, pileta, cochera y una ubicación privilegiada para recorrer Miami Beach caminando. Después de instalarnos salimos a conocer los alrededores y a respirar por primera vez ese ambiente tan particular que mezcla playas, autos de lujo, edificios art déco y gente de todas partes del mundo.
Me enteré después que el departamento valía alrededor de un millón de dólares. En ese momento no me alcanzaban las palabras para agradecerles tanto a esa gente.
Ocean Drive, shopping y la cámara nueva
Los primeros días transcurrieron entre caminatas por Ocean Drive, recorridos por Lincoln Road, horas de playa y algunas sesiones intensivas de shopping en el Dolphin Mall y el Miami International Mall. También aproveché para estrenar a fondo mi cámara Canon, que había comprado especialmente para este viaje y que al fin tenía en mis manos.
Lo primero que hacíamos cada mañana era ir al mercado a comprar víveres. Entre las compras siempre estaba el café, que se convirtió en una de las anécdotas del viaje: algo hacíamos mal con la máquina y la inundábamos sin falta.
Mi primera vez viendo la NBA en vivo
Pero si hubo una experiencia que todavía recuerdo con claridad fue mi primera vez viendo un partido de la NBA en vivo. Fuimos al entonces American Airlines Arena para presenciar un encuentro entre los Miami Heat de LeBron James y Dwyane Wade frente a los Phoenix Suns de Luis Scola.
La atmósfera dentro del estadio era impresionante. Música, luces, entretenimiento y básquet de primer nivel. Al finalizar el partido, un grupo de argentinos nos acercamos al sector por donde salían los jugadores visitantes y, después de insistir bastante, conseguimos que Luis Scola se acercara unos segundos para saludarnos y sacarnos una foto. Un recuerdo que todavía conservo con mucho cariño.
Miami fue mucho más que playas y centros comerciales. Fue la puerta de entrada a un viaje inolvidable por Florida y el lugar donde descubrí por primera vez cómo era recorrer Estados Unidos por mi cuenta.
Inclusive en una de esas noches de recorrido por el barrio, pasamos por un parque público donde la gente llevaba reposeras para sentarse a ver en una pantalla gigante una función de una orquesta filarmónica que estaba tocando en algún museo cercano. Esa imagen —el parque lleno de gente, la noche cálida de Miami, la música en vivo al aire libre— resume bien la energía de esta ciudad que no para nunca.
The Falls, Bal Harbour y la última noche
La última noche en Miami la pasamos recorriendo The Falls, un shopping a cielo abierto en el sur de Miami conocido por sus cascadas artificiales, la vegetación tropical que rodea los locales y una serie de esculturas de animales hechas con plantas que decoran los pasillos. Jirafas y elefantes de topiario, perfectamente podados, esperan al visitante entre tiendas de marcas y fuentes iluminadas.
También pasamos por Bal Harbour Shops, uno de los centros comerciales más exclusivos de Florida, conocido por sus galerías al aire libre, la vegetación exuberante y la presencia de esculturas pop de Romero Britto, el artista brasileño radicado en Miami famoso por sus coloridas figuras geométricas. Una de ellas, un oso gigante lleno de colores, era difícil de pasar por alto.