Tortugas, el mejor pescado de la isla y la despedida
La foto que quedó cuando el trípode decidió dejar de colaborar.
Mangel Halto: el snorkel que sí funcionó
Después de la experiencia decepcionante en Boca Catalina, íbamos con expectativas más moderadas a Mangel Halto. Fue una sorpresa muy grata. La playa es tranquila, con aguas calmas y poco oleaje gracias a la protección natural del arrecife. Hay palapas de madera disponibles y el ambiente es más familiar y local que el de las playas del corredor turístico.
El snorkel aquí sí valió la pena: visibilidad clara, muchas especies de peces tropicales — peces loro, peces ángel, algunos cardúmenes pasando cerca — y el suelo marino variado entre arena, coral y rocas. No hace falta ir muy lejos de la orilla para ver algo interesante. Un lugar para volver sin dudar.
Tres Trapi: las tortugas
Si hay un momento del viaje que define Aruba para nosotros, es este. Tres Trapi (tres escalones, en papiamento) es un spot de snorkel en la costa oeste de la isla, discreto, sin señalización exagerada, frecuentado principalmente por locales y viajeros que lo descubren de boca en boca.
Entramos al agua y empezamos a nadar hacia afuera. A unos 100 metros de la orilla, apareció la primera. Una tortuga marina, enorme, nadando lentamente a pocos metros bajo nosotros. Después llegó otra. Y otra más.
Nadar junto a una tortuga marina es una de esas experiencias que no se pueden preparar. De repente está ahí, mirándote con sus ojos viejos, ajena completamente a tu existencia, y vos te sentís el visitante que sos.
En la playa conocimos a Christian y Corina, una pareja de alemanes que viajaban en crucero y habían bajado específicamente a este spot por recomendación de alguien del barco. Hablamos un rato en inglés mezclado con gestos, compartimos el mate — reacción inmediata de curiosidad y risas — y quedamos con la sensación de esos encuentros breves pero genuinos que regala el viaje.
Baby Beach: la piscina natural del sur
Baby Beach está en el extremo sur de la isla, a unos 25 km del centro de Oranjestad, lo que en Aruba equivale a casi cruzarla entera. Vale el viaje. La playa forma una laguna natural semicircular protegida por un arrecife que frena el oleaje del mar abierto — de ahí el nombre: el agua es tan calma que puede meterse un bebé sin riesgo.
Pusimos el snorkel en el canalcito de entrada al arrecife, donde la corriente empuja hacia afuera y hay que nadar un poco más fuerte. Compensación inmediata: más peces, más variedad, más profundidad que en la laguna interior. Vale el esfuerzo.
Después del snorkel, nos instalamos dentro de la laguna. Saqué el mate, pusimos el truco sobre una roca y estuvimos ahí hasta que el sol empezó a bajar. El atardecer desde Baby Beach, con las refinerías al fondo y el mar tranquilo, tiene algo de industrial y bucólico al mismo tiempo. Una rareza hermosa.
Zeerover: el mejor pescado de la isla
No hay artículo sobre Aruba que se precie que no mencione Zeerover, y con razón. Es un tinglado de madera sobre el mar, en Savaneta, que no tiene ningún pretensión de restaurant turístico: es un lugar donde los pescadores locales fríen lo que trajeron ese día y lo sirven en cajitas de telgopor con tostones (plátano frito) y salsas.
Fuimos dos veces. La primera para descubrir, la segunda porque no podíamos irnos sin repetir. El menú del día es simple: pescado del día + camarones, elegís cuánto querés, lo pesan, lo fríen en el momento y lo tenés listo en minutos. Los tostones son la guarnición perfecta.
Comimos con los pies colgando sobre el muelle, mirando el agua, con barquitos pasando cerca. El mejor almuerzo del viaje, sin dudas.
El precio es muy razonable para los estándares de la isla, la cola avanza rápido y el ambiente es auténticamente local. Un must absoluto.
Los últimos días: repetir lo que ya era perfecto
Cuando un lugar te gusta de verdad, no hace falta buscar novedades todo el tiempo. Los últimos días en Aruba los pasamos volviendo a Divi Beach y Eagle Beach, las dos que más nos habían gustado. Mismo ritual: mate, truco, agua turquesa, palapas.
Un día exploramos Playa Linda Beach Resort, uno de los complejos hoteleros sobre Palm Beach. La playa frente al hotel tiene buen acceso público y la zona tiene ese ambiente de resort caribeño con banderas de colores y música de fondo. Disfrutamos un rato y volvimos a nuestras playas sin multitudes.
En uno de los últimos días cayó un aguacero con el sol todavía afuera — esos fenómenos tropicales que en Argentina casi no existen. Llueve fuerte durante veinte minutos mientras el sol sigue brillando, el arcoíris aparece y cinco minutos después el asfalto ya está seco. La isla tiene sus propias reglas climáticas.
Esa misma noche fue el cierre del Carnaval de Aruba. El Carnaval arubeño es uno de los más importantes del Caribe — semanas de ensayos, comparsas, carrozas y una tradición que se vive con una intensidad que no tiene nada que envidiarle al de Trinidad o el de Brasil. El Grand Parade Final recorrió el boulevard con carrozas enormes, grupos de baile con trajes de plumas y lentejuelas, y música que se sentía en el pecho. Dani se sumó a una comparsa un buen rato durante el desfile — nada de mirar desde afuera.
El cierre oficial fue en el Harbour Arena, donde se realizó la ceremonia más esperada del Carnaval arubeño: la quema del Rey Momo. La figura del Rey, símbolo de todos los excesos de la fiesta, arde frente a la multitud como señal de que el Carnaval llegó a su fin y la vida "normal" puede volver — aunque en la Isla Feliz eso tenga un significado bastante relativo.
Como detalle de color: en algún momento de la noche hubo una pelea a golpes de puños entre un par de personas del público. Nada grave, se separaron rápido. Pero es tan inusual en esta isla tranquila y ordenada que al día siguiente la noticia salió en los diarios locales. Doce horas de desfile, calor y alcohol — algo tenía que pasar.
El último día y la vuelta a casa
El último día lo dedicamos a hacer las compras finales en Oranjestad: souvenirs, ropa liviana y una parada en Tierras Colombianas, uno de esos almacenes donde conviven productos de toda la región caribeña y latinoamericana. Buen lugar para conseguir cosas que no se encuentran en los negocios turísticos.
Devolvimos el auto a José en el aeropuerto sin contratiempos. El vuelo era nocturno — misma ruta de vuelta, escala en San Pablo, llegada a Buenos Aires al día siguiente.
El remate del viaje nos lo puso Argentina: al llegar, había un paro de transporte. Clásico. Pero ni eso logró borrar la sonrisa del regreso. Once días en la Isla Feliz dejaron su marca: las tortugas de Tres Trapi, los atardeceres de Divi Beach, el pescado frito de Zeerover y la arena blanca de Eagle Beach van a quedar por mucho tiempo.
Aruba cumple lo que promete.