Mi primer crucero por el Caribe: una experiencia inolvidable con Royal Caribbean
Nuestra casa flotante durante tres noches: un barco de Royal Caribbean rumbo a Bahamas.
Hasta ese momento, los cruceros eran algo que veía desde el puerto o por televisión. Siempre me habían llamado la atención esas enormes ciudades flotantes, pero nunca imaginé que terminaríamos haciendo uno durante nuestras vacaciones por Estados Unidos.
El plan original era recorrer Miami y Orlando, pero mientras organizábamos el viaje pensamos que era una buena oportunidad para sumar una experiencia diferente. Después de investigar un poco, nos decidimos por un crucero de tres noches de Royal Caribbean con destino a Bahamas.
El itinerario era ideal: salida desde Miami, un día completo de navegación, una escala en CocoCay —la isla privada de la compañía— y otra en Nassau, la capital bahameña. Además, al finalizar el crucero ya estaríamos nuevamente en Miami para tomar el vuelo de regreso a Argentina.
Todo parecía perfecto.
Un cambio inesperado
Habíamos contratado el viaje con Romina, una agente de viajes que desde el primer momento nos asesoró muy bien. Sin embargo, unos días antes de partir nos llamó para avisarnos que nuestro crucero había sido cancelado.
La propuesta de la naviera fue cambiarnos a otro barco que salía desde Puerto Cañaveral, cerca de Orlando. El recorrido sería prácticamente el mismo, aunque con el orden de las escalas invertido, y como compensación nos ofrecían un crédito de 250 dólares para gastar a bordo.
No era exactamente lo que habíamos imaginado, porque implicaba modificar parte del itinerario terrestre, pero después de pensarlo un poco decidimos aceptar.
La sorpresa para los chicos
Había un detalle que hacía todavía más especial este comienzo: Agustín y Camila no tenían la menor idea de que íbamos a hacer un crucero.
Les habíamos contado solamente que dejaríamos Orlando para seguir viaje, pero nunca les dijimos hacia dónde. Así que esa mañana salimos del hotel La Quinta Inn rumbo a Puerto Cañaveral como si fuera una excursión más.
La sorpresa llegó cuando apareció frente a nosotros aquella inmensa embarcación. Todavía recuerdo sus caras cuando les dijimos que ese enorme barco iba a ser nuestra casa durante los próximos tres días. La emoción fue inmediata.
Descubriendo una ciudad flotante
Después del embarque comenzó una de las partes más entretenidas del viaje: recorrer el barco. Y la realidad superó ampliamente cualquier expectativa.
No parábamos de caminar descubriendo nuevos sectores. Había piletas, jacuzzis, restaurantes, cafeterías, bares, un teatro enorme, casino, gimnasios, tiendas, ascensores panorámicos, escaleras mecánicas y actividades prácticamente a toda hora.
Lo más llamativo era que todo funcionaba como una pequeña ciudad. Siempre había algo abierto, algún espectáculo por comenzar o un lugar distinto para conocer. Como era nuestro primer crucero, absolutamente todo nos sorprendía.
Un día para disfrutar del mar
El primer día transcurrió completamente navegando por el Atlántico. Sin horarios que cumplir ni excursiones programadas, aprovechamos para relajarnos y disfrutar del barco. Alternábamos entre la pileta, los jacuzzis, alguna caminata por las cubiertas exteriores y largas pausas simplemente contemplando el mar.
Hay algo muy especial en mirar el horizonte desde la cubierta de un crucero. Durante horas no se ve absolutamente nada más que agua en todas las direcciones, y esa sensación de inmensidad resulta difícil de explicar hasta que se vive.
La gastronomía también merece un párrafo aparte. A cualquier hora del día había opciones para comer, desde desayunos completos hasta pizzas, hamburguesas, cafeterías o restaurantes más formales. Era prácticamente imposible pasar hambre.
Mucho más que un medio de transporte
Antes de este viaje pensaba que un crucero simplemente servía para trasladarse de un destino a otro. Después entendí que el propio barco es parte fundamental de las vacaciones.
Cada noche había espectáculos diferentes, música en vivo y un ambiente muy animado. Incluso quienes no bajaban en las escalas podían disfrutar perfectamente del viaje únicamente permaneciendo a bordo. Fue una experiencia completamente distinta a cualquier otro tipo de vacaciones que habíamos hecho hasta ese momento.
Un último susto antes del regreso
Después de recorrer Nassau y disfrutar de CocoCay —dos lugares que merecen un artículo aparte— llegó nuestra última noche a bordo. Cenamos como siempre y todo transcurría con absoluta normalidad hasta que, de golpe, empecé a sentir un frío muy intenso.
No era un simple escalofrío. Temblaba de una manera que no podía controlar.
Subí rápidamente al camarote pensando que una ducha caliente podía ayudarme, pero el temblor seguía igual. Me acosté intentando descansar, aunque prácticamente no podía dormir.
Lo que más me preocupaba era el día siguiente. Al desembarcar tenía que manejar durante unas cuatro horas hasta Miami porque Dani, por un descuido, había dejado su registro de conducir en Argentina. Después todavía nos esperaba el vuelo de regreso.
Por suerte, en algún momento logré quedarme dormido. Y cuando desperté... estaba perfectamente bien. Como si nada hubiera pasado.
Todavía hoy no sé qué fue lo que ocurrió aquella noche.
Una experiencia que repetiría sin dudar
Después del desembarco alquilamos otra camioneta y emprendimos el regreso hacia Miami para tomar el vuelo de vuelta a Buenos Aires. Mientras manejaba pensaba en todo lo que habíamos vivido durante esos días.
Hasta ese viaje veía los cruceros como una forma diferente de viajar. Hoy los considero un destino en sí mismo.
Fueron apenas tres noches, pero bastaron para descubrir una manera completamente distinta de conocer el Caribe. Tanto fue así que, desde entonces, cada vez que veo uno de esos enormes barcos en un puerto vuelvo inevitablemente a recordar nuestro primer crucero.
Y, si tengo la oportunidad, no tengo dudas de que volvería a repetir la experiencia.