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Gante: canales, castillos y un pasado que se siente en cada calle

📅 Mayo 2025 ✍️ Colo Viajero ⏱️ 12 min de lectura 📍 Gante, Bélgica
Vista panorámica del Graslei en Gante — casas gremiales medievales y el canal

Una ciudad que no estaba en el plan y terminó siendo una de las grandes sorpresas del viaje

🚆 De Ámsterdam a Gante: alarma, trenes y un traspié con final feliz

El domingo 6 de abril arrancamos con la alarma sonando a las 5 de la mañana. Caminamos en silencio, todavía adormilados, hasta la estación Amsterdam Centraal para tomar el tren hacia Amberes, una de las ciudades portuarias más importantes de Europa. Unos 90 minutos de viaje, trasbordo, y otra hora hasta nuestro destino: Gante, capital de Flandes Oriental y nuestra base de operaciones para explorar Bélgica.

Habíamos investigado que debíamos bajarnos en Gent-Dampoort, más cerca del alojamiento. Pero entre el sueño y los carteles en flamenco — el idioma oficial de la región, que no se parece demasiado al español — nos pasamos la parada sin darnos cuenta. Para cuando reaccionamos, el tren ya iba camino a Brujas. Por suerte Brujas no está lejos: bajamos, compramos un nuevo boleto (€16) y volvimos a Gante, esta vez bajando correctamente en Gent-Sint-Pieters, la estación principal. Un traspié simpático que le sumó una anécdota involuntaria al día.

Llegamos cerca del mediodía. El check-in era a las 15, pero tuvimos suerte: nos dejaron entrar antes. Almorzamos en My Tannour, un restaurante sirio con mesas en la vereda y el sol acariciándonos la cara.
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🏛️ Las tres torres y el corazón medieval

A las 14:30 teníamos reservado un free tour por el casco histórico, con un guía argentino llamado Pablo — uno de esos guías que convierten la historia en una aventura. El recorrido arrancó en el corazón medieval donde se alzan las tres torres emblemáticas de la ciudad: la Catedral de San Bavón, la Iglesia de San Nicolás y el Torre Belfort.

Diego posando frente al Belfort de Gante, la torre medieval símbolo de la ciudad
El Belfort. 91 metros de piedra, historia y la campana Roland todavía ahí arriba.

El Belfort, construido en el siglo XIV, tenía 91 metros de altura. Desde sus alturas los vigilantes medievales divisaban incendios o ejércitos y hacían sonar su enorme campana, Roland, para alertar a la población. Además, la torre funcionaba como archivo: ahí se guardaban bajo llave los documentos y privilegios más importantes de la ciudad.

La Catedral de San Bavón merece párrafo aparte. Además de su arquitectura gótica imponente, guarda el célebre políptico de los hermanos Van Eyck — una de las pinturas más influyentes de la historia del arte occidental — y una colección de vidrieras que no tienen explicación lógica.

Vidriera de colores de la Catedral de San Bavón de Gante
La Catedral de San Bavón por dentro. Esos colores no los inventó nadie.
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🌉 El Puente de San Miguel y la vista más icónica

Uno de los momentos más mágicos fue cruzar el Puente de San Miguel (Sint-Michielsbrug). Desde ahí se tiene la vista más icónica de Gante: las tres torres alineadas, los edificios medievales bordeando los canales y el reflejo del agua que envuelve todo en una atmósfera de cuento. Es un lugar para quedarse parado sin apuro, especialmente al atardecer, cuando la luz dorada enciende las fachadas góticas.

Diego en el Puente de San Miguel con las tres torres de Gante al fondo
El Puente de San Miguel. Detrás, las tres torres. Así se ve Gante cuando la ciudad te regala un día despejado.
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🍺 El Bar del Ahorcado y las casas gremiales

Una de las paradas más llamativas fue el Bar del Ahorcado (Het Galgenhuisje), un minúsculo local triangular en la Plaza del Mercado del Viernes. Debe su nombre a que se encuentra donde siglos atrás se ejecutaba públicamente a los criminales. Hoy es uno de los bares más pintorescos de Gante. Tomar una cerveza artesanal ahí tiene otro sabor.

Lo que más me impactó fue ver cómo las antiguas casas gremiales se alinean junto al canal. Cada una era la sede de un gremio medieval — tejedores, cerveceros, carpinteros — con su escudo y fachada característica. Gante fue en el siglo XIV una de las ciudades más grandes de Europa, incluso más grande que Londres, y toda esa riqueza vino del comercio textil.

Casas gremiales medievales en el Graslei de Gante vistas desde el canal
Las casas gremiales del Graslei. Cada fachada es un capítulo de la historia de Flandes.
"Gante no estaba en nuestros planes. Fue una sugerencia de Damián, un primo que vive en Barcelona. Fue un gran acierto."

Un detalle que me llamó la atención: muchas iglesias belgas ya no reciben fondos estatales y deben autofinanciarse alquilando sus espacios para eventos. Los bancos de madera reemplazados por sillas móviles. Una imagen impactante y, a la vez, un signo de adaptación al presente.

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🏰 El Castillo de los Condes de Flandes

La última parada del free tour fue el imponente Gravensteen, una fortaleza del siglo XII construida por Felipe de Alsacia y rodeada por el río Lys. A diferencia de casi todos los castillos medievales que conocés, este está en pleno centro de la ciudad, lo que lo hace aún más cinematográfico e improbable. Desde el puente que lo rodea se entiende por qué Gante era una ciudad que no se rendía fácil.

Diego frente al Castillo de los Condes (Gravensteen) de Gante con el foso
El Gravensteen. Un castillo medieval en el corazón de una ciudad moderna. Todavía no lo puedo creer.
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🧇 Wafles, cena improvisada y noche iluminada

Después del tour, una pausa dulce en el Salon du Gaufre: wafles belgas recién hechos, crocantes por fuera, suaves por dentro, coronados con frutas, salsa y crema. Merienda perfecta para recuperar energías después de tanta historia acumulada.

Wafles belgas con frutillas y salsa de frutos del bosque junto a un café, Gante
Wafles belgas en el Salon du Gaufre. Uno con frutillas, otro con salsa de frutos del bosque. Los dos: perfectos.

Ya al atardecer, los negocios en Gante cierran muy temprano — a las 18 hs ya todo estaba apagado salvo bares y algún supermercado. Después de recorrer varias cuadras dimos con una rotisería donde compramos el último sándwich disponible y un poco de pollo para salvar la cena. No fue glamoroso, pero fue parte del viaje.

Cerramos el día con una caminata nocturna por el centro iluminado, tal como recomiendan los locales. Muy bonito. Aunque personalmente nos gustó más Gante de día, cuando la luz natural resalta cada detalle de sus fachadas y canales.

Curiosamente, Gante no estaba en nuestros planes originales. Fue la sugerencia de Damián, un primo que vive en Barcelona. Un acierto total. Es una ciudad con alma, historia viva, arquitectura medieval y espíritu moderno. De las que sorprenden y se te quedan grabadas. Sin dudas, me gustaría volver algún día.

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