Sevilla 2014: el Real Alcázar, Cádiz y la despedida andaluza 🏰
Después de la odisea de la llegada, Sevilla mostró su mejor cara: un palacio de cuento, las playas de Cádiz, la imponente Plaza de España y los últimos partidos del Mundial.
En la primera parte conté cómo fueron mis días iniciales en Sevilla: la llegada accidentada, la Alameda, la Catedral y los primeros partidos de Argentina. Esta segunda entrega arranca con uno de los motivos que más me empujaron a hacer este viaje.
🏰 El Real Alcázar, mejor de lo que imaginaba
El lunes a la mañana tenía un objetivo claro: el Real Alcázar, una de las cosas que más me motivaban de venir a Sevilla. ¿Qué puedo decir de este lugar maravilloso? Todas las expectativas que traía quedaron reducidas a nada. Sin lugar a dudas es uno de los sitios más espectaculares y movilizantes en los que estuve en mi vida. ¡Cuánta historia! ¡Cuánto lujo para la época! Aunque, siendo honesto, en momentos así es mejor no pensar demasiado a costa de quiénes se levantó tanto lujo.
Mi recorrida ahí adentro duró unas tres horas y ni siquiera estoy seguro de haberlo visto todo. Pero no me quedaba más tiempo: todavía tenía que almorzar y volver al departamento para cambiarme y buscar la entrada del partido contra Filipinas.
Tip de viajeroCalculá al menos tres horas para el Real Alcázar y, si podés, sacá la entrada online para evitar las colas. Es uno de esos lugares donde el tiempo se te escapa sin darte cuenta.
🏀 Argentina – Filipinas: el susto del grupo
Antes del Mundial, uno pensaba que Filipinas iba a ser un rival accesible. Pero sus resultados en las dos primeras fechas decían todo lo contrario, y así fue: un partido palo y palo. Argentina llegó a sacar 15 puntos de ventaja y, cuando quedaba un minuto, ganaba apenas por uno. Al final fue triunfo por 85 a 81, con el corazón en la boca. Después me quedé un rato a ver Grecia – Puerto Rico y me fui a cenar al centro. Otro día intenso que se terminaba.
🏖️ Escapada a Cádiz
El martes era día sin partidos, así que decidimos alquilar un auto y salir rumbo a Cádiz para conocer sus playas y el casco histórico. El viaje, que debería haber durado poco más de una hora, nos llevó casi dos: sin GPS y equivocando un par de caminos, nos costó hasta salir de Sevilla. Pero llegamos, y bajamos en la playa más al norte, armada en forma de herradura por dos cordones de piedra que entraban unos diez metros en el mar.
A la mañana el día estaba algo nublado y soplaba aire fresco —por fin, después de tanto calor sevillano—, así que no nos metimos al agua y nos quedamos disfrutando de la arena. Después fuimos a almorzar y comí unos raviolis fritos rellenos de gambas y mariscos con una salsa que todavía no sé qué era, pero estaba riquísima. Con la panza llena, agarramos el auto hasta una playa más céntrica y ahí sí nos metimos al mar. ¿Qué decir del agua? Es océano Atlántico: en Cádiz tiene muchísimas algas, pero es transparente.
Tras sacarnos las ganas de nadar y enjuagarnos en unas duchas dispuestas a la salida de la playa, volvimos hacia el norte de la ciudad para una recorrida rápida por el casco histórico. Ahí se ven casas muy venidas abajo. Me contaron que es porque los dueños las tienen alquiladas desde hace muchísimos años a precios muy bajos, y buscan que los inquilinos rompan el contrato y se vayan para poder refaccionarlas y volver a alquilarlas a valores actualizados. Un detalle curioso de la economía local.
Cerca de las 19 emprendimos la vuelta a Sevilla, viaje que dormí casi por completo. Me bajé en el estadio del Betis y de ahí tomé el bus a la Macarena para bañarme, porque a la noche el plan era cenar en la Alameda de Hércules. Ese plan se frustró: me desencontré con el grupo y terminé cenando solo en Burger (imagen triste si las hay). Cuando volvía de mi deprimente cena, finalmente encontré al grupo en la Alameda, que empezó a pedir contrarreloj porque acá a las 00:00 cierran la cocina y te quedás sin comer. Así terminó mi cuarto día sevillano.
⛲ La Plaza de España y el Parque de María Luisa
El miércoles el objetivo era conocer la Plaza de España y el Parque de María Luisa. Tras una caminata de media hora llegué a la zona y me encontré con un lugar inmenso, con una cantidad incalculable de árboles, glorietas y laguitos. Superado el parque, aparece una plaza gigante con una fuente impresionante en el medio, varios piletones a los costados y, cerrando el conjunto, una construcción tipo castillo descomunal que hoy funciona como oficina del ayuntamiento de Sevilla. Una postal de las que no te olvidás más.
Cuando terminé de disfrutarla, me volví caminando al centro con la idea de subir a la Giralda para ver Sevilla desde lo alto. Pero era tanta la gente esperando para entrar que no iba a terminar a tiempo, así que me fui a almorzar a los 100 Montaditos y después al departamento a buscar la entrada para el partido.
Tipo 16:30 ya estaba en el pabellón para ver a Argentina contra Senegal, uno de los mejores partidos que jugó el equipo en todo el Mundial. Volví a ubicarme al borde de la cancha. Cuando terminó, me quedé a ver Croacia – Grecia, después fui al centro a buscar algo para cenar —un helado de camino al depto— y cerré la noche viendo por tele España – Francia. Otro día completado, y el siguiente sería el último en Sevilla: había que armar la valija, cosa que odio y que me pone de mal humor de solo pensarla.
👋 El último día en tierras andaluzas
Jueves 4, último día en Sevilla. A la mañana hice una recorrida por la iglesia y el barrio de la Macarena, muy pintoresco, rodeado por una muralla y con todas sus construcciones unidas por callecitas angostas, sin vereda y empedradas. Acá sí que hay que tener dirección hidráulica en el auto, porque si no, no sé cómo se hace para maniobrar: casi no hay espacio.
La iglesia es muy linda por dentro, con un altar y unos sagrarios como nunca había visto en Argentina (tampoco es que entre demasiado seguido, seamos honestos). Un detalle de color: tiene una máquina expendedora de gaseosas adentro.
Volví al departamento a preparar la valija. Metí un par de cosas, me aburrí y la dejé a medio armar. Al rato salí a almorzar con la ilusión de comer una ensalada mixta —muero por una ensalada después de tantos días de comida pesada—, pero no quedaban, así que… ¡OOOOtra vez a los 100 Montaditos! Después fui a conocer El Corte Inglés, esa cadena de megatiendas que está por todos lados.
Volví al depto a armar la valija. Metí un par de cosas, me aburrí y la dejé a medio armar (versión 2). Algunas cosas no cambian.
A la tarde me fui al estadio a ver Croacia – Puerto Rico y Argentina – Grecia. Perdimos, pero otra vez fue una fiesta y lo disfruté a pleno. Al salir me crucé con Txemi, mi anfitrión, que además es oficial de mesa en los partidos del Mundial. Estaba con el auto y me llevó de vuelta al departamento, donde ahí sí no tuve más remedio que terminar de armar la valija: eran la 1:30 de la madrugada y a las 6:30 tenía que tomar el bus a Santa Justa para abordar el AVE rumbo a Madrid.
Sevilla me regaló una ciudad hermosa, gente fabulosa y partidos inolvidables. Me iba con el corazón lleno… y con una valija mal armada. Lo que vino después, en Madrid, lo cuento en el próximo artículo.