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Sevilla 2014: la odisea de llegar y los primeros días del Mundial 🇪🇸

📅 Agosto 2014 ✍️ Colo Viajero ⏱️ 8 min de lectura 📍 Sevilla, España
Calles del Barrio de la Macarena, Sevilla, en agosto de 2014
Las callecitas angostas del Barrio de la Macarena: primer sabor de Sevilla al bajar del avión.

Mi primer viaje a Europa empezó con un pasaporte vencido, una corrida de película en Barajas y una valija extraviada. Spoiler: valió cada susto.

Este viaje se gestó una fría noche de mayo en Villa Adelina, en el entretiempo de un partido del UVVA, cuando unos amigos del club me comentaron que estaban pensando viajar a España a ver a la Selección Argentina de básquet en el Mundial que se jugaba entre agosto y septiembre. La idea me quedó dando vueltas y no me la pude sacar de la cabeza.

Una vez que me decidí, me puse a averiguar precios de vuelos y alojamientos. Resultaron sorprendentemente accesibles para mi presupuesto, así que no lo pensé más: agarré la tarjeta y saqué pasaje para salir el 29 de agosto en un vuelo Buenos Aires – Madrid – Sevilla, con regreso el 9 de septiembre desde el aeropuerto de Barajas.

Viajaba con un grupo de lujo: Héctor y sus dos hijos, Santi y Agustín, más Polilla e Iván, un amigo de Héctor que trabajaba para Kappa y era nada menos que el diseñador de la ropa de la Selección. Éramos seis hinchas con un mismo plan.

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✈️ El susto del pasaporte (antes de despegar)

La aventura empezó antes de subir al avión. Al hacer el check-in en el mostrador de Iberia en Ezeiza, la empleada me mira y me dice que tengo el pasaporte vencido y que no voy a poder viajar. ¿What????? No entendía nada y en ese momento todo eran nervios.

Una vez repuesto del shock, caí en la cuenta de lo que había pasado: me había llevado el pasaporte anterior y dejado el vigente en casa. Llamé a mi viejo, que por suerte estaba disponible y tenía llaves, lo guié por teléfono hasta el cajón exacto donde estaba el documento, y pudo acercarme el que tenía la vigencia correcta. Crisis evitada, pero el corazón ya venía a mil.

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🏃 La corrida de Barajas

Con la tarjeta de pre-embarque en la mano, me fui a esperar la salida en la puerta 4, prevista para las 21:40. Al rato anuncian que, por un paro de los operadores de la torre de control, el vuelo saldría recién a las 00:30. No quedó otra que armarse de paciencia. El problema era que con ese nuevo horario íbamos a llegar a Madrid 17:30 y la conexión a Sevilla salía 18:40: el tiempo más que justo.

Embarcamos a las 23:50 y finalmente despegamos a las 00:30 rumbo a Madrid. El vuelo fue muy bueno, sin complicaciones. Minutos antes de aterrizar, el comandante avisa que en Barajas iba a haber personal de Iberia esperándonos para acompañarnos hasta la conexión, pero que no nos demoráramos porque, si no, perdíamos el vuelo. Detalle no menor: gran parte del pasaje hacía el mismo trasbordo, todos viajábamos con el mismo objetivo de llegar al Mundial.

Lo que vivimos en esos 30 o 40 minutos pareció de película. Apenas bajamos del avión nos llevaban poco menos que corriendo a Migraciones y después al escáner del equipaje de mano. Como fui uno de los primeros en pasar, la empleada de Iberia me indicó cómo llegar a la puerta K79, pero me pidió que esperara al grupo porque era medio complicado el camino.

Cuando el resto terminó de pasar el control, fuimos a buscar a la empleada… que ya se había ido. Ahí se transformó todo en un sálvese quien pueda: a buscar cómo llegar a la famosa K79 contrarreloj, o sea corriendo, usando cuánta cinta transportadora hubiera, caminando rápido, esquivando gente. Una maratón con bolso de mano.

Por suerte llegamos justo. El vuelo a Sevilla duró una hora y fue impecable. Solo faltaba que, al recoger las valijas, estuvieran las seis, porque no solo nosotros corrimos por Madrid: el traslado de las maletas de un avión al otro también fue a toda velocidad. Empezaron a aparecer en la cinta… todas menos la de Santi, que nunca llegaron a cargar en Madrid. Hubo que hacer el reclamo en Iberia, que se portó de diez: al día siguiente se la llevaron al hotel.

Tip de viajero

Revisá la fecha de vencimiento del pasaporte una semana antes, no el día del vuelo. Y si viajás con conexión corta, llevá lo imprescindible en el equipaje de mano: las valijas no siempre corren tan rápido como vos.

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🏠 Bienvenido a la Macarena

Ya con el equipaje, me fui a buscar un colectivo hasta la calle Pozo, en el Barrio de la Macarena, donde había reservado una habitación por Airbnb. Me tomé el C2 y, unos 50 minutos después, estaba tocando el timbre del departamento de Txemi y Pastora. Desde el primer momento me recibieron como si fuéramos amigos de toda la vida: me esperaron con mapas de la ciudad y un montón de consejos que en su momento agradecí muchísimo, aunque lo único que quería en ese instante era darme un baño y dormir. Venía de un vuelo largo y era casi medianoche. Así terminó, entre sustos y corridas, mi primer día en Europa.

Con Txemi, el anfitrión del Airbnb en el Barrio de la Macarena, Sevilla 2014
Con Txemi, el anfitrión de mi Airbnb en la Macarena: me recibió como a un amigo de toda la vida.
Calle del Barrio de la Macarena de noche, con balcones de hierro y fachadas amarillas, Sevilla
Las calles de la Macarena de noche: balcones de hierro, fachadas encendidas y el primer paseo por el barrio.
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🌳 La Alameda y un casco histórico lleno de iglesias

Después de un sueño y un desayuno reparadores, salí a caminar mi primer día completo en Sevilla. Fui hasta la Alameda de Hércules, un lugar alucinante donde la gente de cualquier edad se junta a toda hora, tanto para charlar como para comer tapas y tomar cerveza, porque está rodeada de barcitos. Incluso los más chiquitos tienen juegos como los de las plazas y se los ve disfrutando hasta la una o las dos de la madrugada. Otro ritmo de vida.

La Alameda de Hércules en Sevilla, con sus famosas columnas y ambiente de tapas
La Alameda de Hércules: un paseo lleno de vida a toda hora, con las columnas romanas al fondo.
Ambiente nocturno en la Alameda de Hércules, Sevilla
Bares, mesas en la calle y familias enteras hasta la madrugada: el ritmo sevillano en estado puro.

De ahí seguí rumbo al casco histórico por un montón de callecitas angostísimas, muchas sin vereda, sobre todo en la Macarena. En el camino vi una cantidad increíble de iglesias. Mirá si habrá que acá la gente, para indicarte cómo llegar a un lugar, te dice que está "a tantas iglesias de distancia".

Finalmente llegué a la Catedral de Sevilla, justo cuando había misa. Me pareció un poco más chica que la Basílica de Luján, aunque la cantidad de figuras, esculturas y el altar son imponentes. Lo que no logré fue recorrer los demás sectores del predio: las dos veces que lo intenté había colas interminables y no me daba el tiempo.

Fachada exterior de la Catedral de Sevilla con la Giralda al fondo
La Catedral de Sevilla —la que yo pensaba que era una capilla— con la inconfundible Giralda dominando el cielo.
Detalle arquitectónico de la Catedral de Sevilla
Relieves y ornamentos góticos en la fachada: una obra de arte incluso vista desde afuera.

Ocho años después volví a Sevilla y descubrí que aquella "catedral" en realidad era una capilla a la que se entraba por la Puerta de la Asunción. La verdadera Catedral es otra cosa. Pero esa historia es para otro artículo. 😉

De la catedral pasé por el Real Alcázar para averiguar horarios y visitarlo con calma otro día, y después me encontré con el grupo para almorzar.

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🏀 Primer partido: Argentina – Puerto Rico

Almorzamos comida bien típica… de Burger King, je. Ahí nos explicaron que "pasando dos iglesias para allá" tomábamos el bus 2 que nos llevaba, por primera vez, al estadio para ver Argentina – Puerto Rico.

Lo primero que hicimos al entrar fue colgar la bandera del minibásquet del UVVA y sacarnos las fotos de rigor. Cuando los jugadores salieron a entrar en calor y vimos que nadie nos decía nada, bajamos a las ubicaciones más cercanas a la cancha… y no nos fuimos nunca más de ahí. Vimos todo el partido al borde del campo, en un clima especial que se armó con la gente de esa zona. Tanto enganchamos que otros días nos juntamos con un grupo de tucumanos y cordobeses para comer.

Después del partido, cada uno a su alojamiento a bañarse, y a la noche nos reencontramos en la plaza de toros, justo frente a la hermosa costanera del río Guadalquivir. Salimos a caminar buscando dónde cenar unas tapas y paramos en un bar llamado Génova: la comida muy rica, pero la atención malísima. Prometí no volver. Para la una de la madrugada ya no daba más y emprendí la caminata de vuelta. Primer día sevillano, aprobado.

Interior del Palacio de los Deportes San Pablo durante el Mundial de básquet 2014
Llegamos temprano al Palacio de los Deportes San Pablo: colgamos la bandera del minibásquet con las tribunas todavía vacías, antes del Argentina–Puerto Rico.
Vista de la cancha desde las tribunas del Palacio de los Deportes San Pablo, Sevilla 2014
Bajamos a las ubicaciones más cercanas a la cancha y no nos fuimos nunca más de ahí.
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⛴️ Domingo: derrota, catamarán y un Betis esquivo

El domingo me desperté temprano porque el partido contra Croacia era al mediodía. Con un desayuno cargadito para aguantar hasta la tarde (café con leche, tostadas, sandía y jugo de mandarina), "cogí el autobús" —como dicen acá— rumbo al Palacio de los Deportes San Pablo. El partido terminó en derrota argentina, pero en las tribunas se vivió una fiesta impresionante igual. Con el grupo de argentinos con el que pegamos onda (tucumanos, cordobeses y gente de Tres Arroyos) arreglamos para ir a 100 Montaditos a almorzar y tomar cerveza para ahogar las penas.

Después caminamos hasta la costanera del Guadalquivir y nos subimos a un catamarán que hizo un recorrido de una hora por lugares emblemáticos: la Torre del Oro, el Parque María Luisa, el Barrio de Triana, el Centro de Exposiciones de 1992. Una manera distinta y muy linda de ver la ciudad.

Paseo arbolado junto al río Guadalquivir de noche, Sevilla
La costanera del Guadalquivir de noche: palmeras, faroles y un paseo tranquilo a orillas del río.
Paseo a orillas del río Guadalquivir de día, Sevilla
El paseo arbolado a orillas del Guadalquivir: sombra, faroles de hierro y el río asomando a un costado.

Cuando terminó el paseo, eran cerca de las 18:50 y se nos ocurrió ir al estadio del Betis, que jugaba contra el Numancia a las 19:00. Llegamos con el partido empezado y, junto a los cordobeses y un grupo de croatas, intentamos que nos vendieran entradas. No hubo caso: ni hablando cara a cara con un dirigente del club lo logramos. Me reía después porque no es que queríamos colarnos, ¡queríamos pagar las entradas de un partido de la segunda división española! Pero no hubo forma, y nos quedamos con las ganas de conocer ese estadio por dentro.

De ahí, colectivo al departamento, ducha, un ratito de descanso y de nuevo a la calle, hasta la Plaza de la Encarnación, donde estaba el Fan Fest y pasaban los partidos de España en vivo. Vi un rato el encuentro, participé de un par de juegos y me fui a cenar. ¿El menú? Un helado de limón y un KitKat. Una delicia, no me juzguen. Después, vuelta a descansar: había terminado una jornada intensa de ir y venir de una punta a la otra de la ciudad.

Calle del centro de Sevilla con toldos para el sol, camino a la Encarnación
Las calles del centro con sus toldos contra el sol del verano, camino a la Plaza de la Encarnación.
Metropol Parasol (las Setas) en la Plaza de la Encarnación, Sevilla 2014
El Metropol Parasol —las "Setas" de Sevilla— sobre la Plaza de la Encarnación, sede del Fan Fest del Mundial.
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Sevilla me enamoró desde el primer día: la gente, el ritmo, las tapas a la madrugada. Pero todavía me faltaba lo que más esperaba del viaje. Eso lo cuento en la segunda parte.

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