Adentrándonos más en Chubut
El T-Rex del MEF — iluminado como merece quien dominó el planeta por millones de años
Rawson y las toninas en Playa Unión
Desde Puerto Madryn, nos dirigimos a Rawson, la capital provincial, cuya atracción principal es la posibilidad de ver toninas overas (delfines de Commerson) en la desembocadura del río Chubut. El avistaje se hace embarcado, y aunque el día estaba fresco, valió completamente la pena: estos pequeños delfines blancos y negros son únicos en el mundo y muy juguetones.
Playa Unión — frío patagónico y mar abierto mientras esperamos las toninas
Después del paseo en lancha, almorzamos en un restaurante frente al mar en Playa Unión. Pedimos rabas a la provenzal, que estaban exquisitas: frescas, tiernas y bien condimentadas. Una de esas comidas que te quedan grabadas. El lugar tenía vista directa al mar y estaba repleto de pescadores locales, lo que siempre es buena señal.
Trelew y el Museo Egidio Feruglio
La siguiente parada fue Trelew, una ciudad con fuerte impronta galesa, famosa por albergar el MEF — Museo Paleontológico Egidio Feruglio. Y la verdad es que superó todas las expectativas.
El MEF no es un museo típico de réplicas y cartelitos. Combina restos originales con reproducciones de altísima calidad, explicaciones sobre eras geológicas y una narrativa que te atrapa desde la entrada.
Tuvimos la suerte de hacer la visita con un guía que conocía cada pieza en detalle y sabía cómo transmitir el asombro. Vimos esqueletos de dinosaurios gigantescos encontrados en suelo chubutense —Chubut es una de las provincias con mayor cantidad de hallazgos paleontológicos del planeta— y aprendimos sobre cómo fue evolucionando la vida en la Patagonia a lo largo de millones de años. El valor de la entrada nos pareció muy razonable para la experiencia que ofrecía.
Izq: sala del MEF con múltiples especies · Der: un Mosasaurio colgando en el vacío
Al salir del museo, recorrimos el centro de Trelew, donde encontramos una pequeña feria de tortitas negras, el dulce galés típico de la región. Compramos varias para probar y nos sentamos en un parque a tomar mates mientras observábamos el movimiento tranquilo de la ciudad.
Izq: la antigua estación de Trelew al atardecer · Der: capilla galesa de 1889, con la bandera del dragón rojo
Por la noche, volvimos a recorrer el centro y la vida nocturna nos sorprendió: más animada de lo que esperábamos para una ciudad del interior patagónico.
El último día en Puerto Madryn
Antes de despedirnos definitivamente de Madryn, tuvimos una jornada especial: la Prefectura Naval abrió al público sus barcos por los festejos del 150° aniversario del desembarco galés en la Patagonia. Pudimos recorrer las embarcaciones por dentro, algo que normalmente no está disponible para el turista común, y fue una experiencia bastante peculiar e interesante.
A bordo del barco de la Prefectura — una visita que normalmente no está en el programa turístico
También visitamos el Museo del Hombre y el Mar, donde la estrella indiscutida era un calamar gigante de casi 5 metros, disecado y expuesto. Impresiona en la foto y más de cerca. El museo también repasaba la relación histórica de las comunidades costeras con el mar y la fauna marina de la región. Por último, dimos una vuelta por el paseo artesanal de la costanera, donde compramos algunos recuerdos antes de emprender la siguiente etapa del viaje.
Gáiman: té galés y paleontología
Gáiman es uno de esos lugares que no figuran en todos los itinerarios pero que, una vez que llegás, entendés por qué la gente habla tan bien de él. Es un pueblo pequeño, tranquilo, verde, con casas de piedra y una identidad cultural muy particular: acá, la comunidad galesa echó raíces profundas y las mantiene con orgullo.
Comenzamos la visita en el Parque Paleontológico Bryn Gwyn, un sendero al aire libre que recorre formaciones geológicas de millones de años de antigüedad. Al final del recorrido, hay un mirador a 125 metros de altura con vistas espectaculares sobre el valle del río Chubut. Un lugar para respirar profundo y quedarse un rato en silencio.
El Parque Paleontológico Bryn Gwyn — 39 millones de años de historia grabados en estas barrancas
Después nos instalamos en la Hostería Plas & Coed Gwesty, nuestra base en el pueblo, y nos dedicamos a lo que Gáiman hace mejor: el té galés. La ceremonia del té es una tradición que los colonos galeses trajeron a fines del siglo XIX y que hoy es la principal atracción turística del pueblo. Nos sentamos en una sala con manteles bordados y vajilla de porcelana, y nos sirvieron una mesa llena de tortas, tartas y sándwiches. Todo casero, todo delicioso. Una especie de pausa civilizada en medio de la aventura patagónica.
El té galés — mesa con manteles bordados, vajilla de porcelana y tortas caseras. Una pausa relajante y revitalizadora
El té galés en Gáiman es mucho más que una comida: es un viaje en el tiempo a un pedacito de Gales trasplantado en la estepa argentina.
Izq: por el sendero entre barrancas · Der: el mirador — 125 metros y todo el valle del Chubut a los pies
Por la tarde, pasamos por una peña de esquilado de ovejas, donde pudimos ver de cerca el proceso de la esquila: algo rápido, preciso y casi artístico cuando lo hace alguien con experiencia. Nos explicaron cuánto rinde cada oveja y cómo es el proceso de trabajo en las estancias. Una ventana al interior productivo de la Patagonia que normalmente queda fuera del radar turístico. Para cerrar la noche, cenamos en una pizzería del pueblo que estaba sorprendentemente buena.
Villa Dique Ameghino: la joya escondida
La última excursión del tramo chubutense fue hacia el Villa Dique Ameghino, y resultó ser una de las sorpresas más grandes de todo el viaje. La ruta para llegar es sinuosa, con montañas y túneles de piedra tallados en la roca viva: ya el camino en sí es una atracción.
Entrando al Dique Ameghino — los cañones de roca rojiza abrazan el agua
Al llegar, nos encontramos con el agua verde esmeralda del río Chubut, represada en el dique. El contraste con los colores áridos de la estepa patagónica era impactante. Bajamos a una playa escondida sobre el río donde el agua estaba increíblemente quieta y cristalina. Nos pasamos un buen rato tirando sapitos con piedras como cuando éramos chicos, sin apuro, disfrutando de ese silencio patagónico que parece otro idioma.
El espejo del Dique Ameghino — el agua tan quieta que duplica los cerros
Intentamos llegar al bosque petrificado de la zona, pero lamentablemente estaba cerrado ese día. Una lástima, aunque no fue suficiente para opacar lo que ya habíamos vivido. Volvimos a Gáiman al atardecer, con el tanque lleno de paisajes y la cabeza todavía procesando todo lo visto en estos días intensos por Chubut.
Chubut es esa provincia que te va sorprendiendo de a poco, sin apurarse. Cada pueblo tiene su propio mundo y su propia historia.
Al día siguiente, emprendíamos el regreso hacia el norte. Pero antes, nos esperaba una última parada que prometía mucho: Las Grutas.