Crónica del viaje a Puerto Madryn
Atardecer desde la costanera de Puerto Madryn — el Golfo Nuevo encendido
Llegada a Puerto Madryn
Un arranque con una confusión
Alrededor de las 9:30 AM, tras un desayuno bastante sencillo en el hotel de Viedma, partimos hacia el destino más esperado de nuestro viaje: Puerto Madryn. El trayecto, de aproximadamente 450 kilómetros por la Ruta 3, se presentó impecable aunque un tanto monótono. Durante el camino hicimos un par de paradas, siendo la última en Sierra Grande. Allí cargamos nafta súper a $9,91 el litro y almorzamos en una pintoresca casa rodante que funcionaba como restaurante.
Llegamos alrededor de las 15:00 al Kaló Hostel. Después de hacer el check-in —no sin inconvenientes, ya que no tenían registrada nuestra reserva pese a que había sido confirmada por correo una semana antes— bajamos todo el equipaje del auto y decidimos recorrer la costanera.
Caminamos apenas tres cuadras desde el hostel y lo primero que encontramos fue la oficina de turismo, donde obtuvimos información valiosa para los días siguientes. Más adelante, nos topamos con el club Deportivo Madryn, donde se realizaba una feria de artesanos. No resistimos la tentación de probar chocolates artesanales.
Desde allí bajamos a las inmensas playas, de arena formada por conchillas bastante grandes. Desde la costa, para nuestra alegría, pudimos avistar por primera vez las ballenas y admirar el intenso azul del océano. En el muelle, además, había un pesquero chino capturado por Prefectura, con su tripulación viviendo adentro hasta que la empresa los liberara.
Primer día completo: El Doradillo y el Ecocentro
Área Protegida El Doradillo
El miércoles arrancó temprano. Nuestro primer destino fue el Área Protegida El Doradillo. Llegamos alrededor de las 10:00 AM al primer mirador, que ofrecía una vista espectacular. Desde allí logramos divisar algunas ballenas, aunque estaban algo alejadas.
La playa del Doradillo — arena de conchillas y el Golfo Nuevo de fondo
En la segunda bajada, estacionamos el auto, preparamos las cámaras, la esterilla y el equipo de mate, y nos instalamos para disfrutar de una mañana primaveral. El espectáculo que presenciamos fue único: ballenas francas australes saltando, respirando, mostrando sus colas y lanzando sus característicos chorros de agua en forma de V. Fue un verdadero show natural que nos dejó sin palabras.
Cola de ballena franca austral — vista desde la playa, sin barco, sin zoom exagerado
Mirador Punta Flecha
Pasado el mediodía, nos dirigimos al Mirador Punta Flecha, donde se encuentra el refugio del guardaparque. Desde este punto privilegiado no solo admiramos el paisaje, sino que también conocimos un cable submarino con un micrófono que permite escuchar los sonidos de los cetáceos. Fue espectacular experimentar esta innovación y presenciar cómo los científicos monitorean la actividad de los animales.
El Ecocentro
De vuelta en el hostel, hicimos una parada para almorzar y luego nos dirigimos al Ecocentro, un lugar recomendado antes de visitar la Península Valdés. Llegamos alrededor de las 16:00 y pagamos la entrada ($90 los adultos). El recorrido fue fascinante: desde exposiciones fotográficas y simulaciones de las barbas de las ballenas, hasta una sala oscura donde se escuchaban sonidos submarinos. También visitamos un estanque con estrellas marinas, moluscos y otras especies, y asistimos a un documental en el auditorio.
El esqueleto expuesto en el Ecocentro — la escala real de estos animales, de cerca
El cierre del día incluyó una parada en el monumento al indio Tehuelche y en Punta Cuevas, lugar histórico donde desembarcaron los galeses hace casi 150 años.
Península Valdés: El Sueño de las Ballenas
El jueves madrugamos a las 7:30 para desayunar tranquilos y partir hacia Península Valdés, la gran aventura del día. Tras recoger unas empanadas para el almuerzo, recorrimos los 100 kilómetros hasta Punta Pirámides.
El embarcadero de Punta Pirámides — la lancha nos espera
A las 11:00, tras visitar el centro de visitantes, logramos reservar un lugar para el avistaje de las 12:00 con la empresa Jorge Schmid. Embarcamos puntualmente y, en menos de cinco minutos, ya habíamos avistado la primera ballena. Sentados en la proa, Agus y yo disfrutábamos del agua salpicando. La experiencia fue indescriptible: ballenas tan cerca que parecía que podíamos tocarlas. El clima acompañó perfectamente, con sol, poco viento y unos agradables 20 grados.
La cola de la ballena sumergiéndose — con los acantilados blancos de fondo
Sin duda, uno de esos momentos que justifican todos los esfuerzos del viaje.
De vuelta en tierra, hicimos un picnic rápido con las empanadas y seguimos hacia una colonia de lobos marinos en Punta Pirámides. Posteriormente, emprendimos un trayecto de 80 kilómetros por ripio hasta Caleta Valdés, donde visitamos una pinguinera —aún vacía por la época del año— y una colonia de elefantes marinos en Punta Cantor. Además, tuvimos la suerte de avistar zorros y varias aves.
La colonia de lobos marinos de Punta Pirámides — sin apuro y sin preocupaciones
El regreso, aunque tedioso por el ripio, fue inolvidable. La inmensidad y el silencio de la ruta pavimentada de noche nos dejó una sensación de paz indescriptible. Llegamos al hostel poco después de las 20:00, agotados pero satisfechos.