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El Último Tramo: Despedida de un viaje inolvidable

📅 Agosto 2015 ✍️ Colo Viajero ⏱️ 9 min de lectura 📍 Las Grutas, Sierra de la Ventana, Tandil
Don Quijote en el Cerro de la Cruz, Tandil

Desde el Cerro de la Cruz en Tandil — Don Quijote, el dique y toda la ciudad a los pies

Las Grutas: el mar como despedida

Desde Gáiman emprendimos los aproximadamente 300 km que nos separaban de Las Grutas, la famosa playa rionegrina conocida por sus aguas cálidas y sus formaciones rocosas naturales. Llegamos a los Departamentos Betania, donde nos esperaba Marina, nuestra anfitriona, con todo listo. Un alojamiento cómodo, familiar, perfecto para descansar antes de la última etapa del regreso.

Cartel de Las Grutas

Las Grutas — la playa rionegrina que te sorprende en invierno

Las Grutas tiene ese encanto particular de las playas fuera de temporada alta: menos gente, precios más razonables y una calma que te permite realmente desconectar. Cenamos esa noche como reyes: hamburguesas de merluza, rabas, paella grutense y lenguado. Una despedida gastronómica a la altura del viaje.

Rabas en Las Grutas

Las rabas del mar patagónico — frescas, tiernas y perfectas

Las grutas y los piletones naturales

Al día siguiente recorrimos las formaciones que le dan nombre al lugar. Las grutas son cuevas y cavidades talladas por el mar en los acantilados, y entre las rocas se forman piletones naturales donde el agua queda atrapada y se calienta con el sol. Un placer patagónico que pocos imaginan que existe.

Playa de Las Grutas
Familia dentro de una gruta en Las Grutas

Izq: playa vacía y mar azul · Der: adentro de la gruta — el mar la talló durante miles de años

También fuimos hasta las Piedras Coloradas, un sector de la costa donde las rocas tienen tonos rojizos y ocres que contrastan con el azul del mar. Se dice que son únicas en el mundo por su composición mineralógica particular. El paisaje era de una belleza extraña, casi marciana. En San Antonio Oeste pudimos ver el mar completamente retirado con la marea baja: una imagen surrealista.

Piedras Coloradas en Las Grutas

Las Piedras Coloradas — roca rojiza, mar patagónico y cielo azul sin nubes

El Atlántico patagónico tiene ese carácter salvaje que te hace sentir pequeño. No es el mar de las postales, pero tiene una personalidad que no se olvida.
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Sierra de la Ventana: las sierras bonaerenses

Dejando atrás la costa, enfilamos hacia el interior bonaerense. Sierra de la Ventana fue la penúltima parada, y resultó ser una sorpresa muy grata. Nos hospedamos en una cabaña que tenía todo lo que uno busca después de días de ruta: chimenea, silencio y un entorno natural impresionante.

Valle de Sierra de la Ventana

El valle de Sierra de la Ventana — sierras bonaerenses que sorprenden a cualquiera

La ventana —el orificio natural en la roca que da nombre al lugar— se puede ver desde lejos, recortada contra el cielo como una pequeña perforación en el cerro. No llegamos a hacer la caminata hasta arriba, pero la vista desde el valle ya era suficiente. Recorrimos también Villa Ventana, el pequeño pueblo de casas de troncos y jardines cuidados.

Mirador de Sierra de la Ventana
Río en Villa Ventana

Izq: en el mirador con las sierras de fondo · Der: el río en Villa Ventana, tirando sapitos

Cartel de Sierra de la Ventana de noche

Sierra de la Ventana — fundada el 17 de enero de 1908, en plena noche serrana

Terminamos la tarde en una heladería del pueblo que, contra todo pronóstico, ofrecía una variedad y calidad que haría quedar mal a muchos locales porteños. La normalidad de la vida serrana, tan distinta del vértigo patagónico de los últimos días, fue un aterrizaje suave antes del regreso definitivo.

Tandil: el mejor asado de mi vida

La última parada del viaje fue Tandil, y no podría haber sido mejor elección. Nos instalamos en el Hotel Mirasierras, con vista al dique y las sierras: despertarse con ese paisaje fue el mejor regalo de los últimos días del viaje.

Dique de Tandil visto desde el Cerro de la Cruz

El dique de Tandil desde el Cerro de la Cruz — verde, agua y sierras todo junto

Recorrimos la ciudad con calma: el dique, las figuras de Don Quijote y Sancho Panza en las afueras, el Monte Calvario con su camino empedrado y sus capillas. Tandil tiene esa escala humana de las ciudades que crecieron bien, donde todavía se puede caminar sin apuro y sentarse en una plaza sin mirar el reloj.

Y entonces llegó la cena que lo cambió todo. En La Pulpería, pedimos un asado que resultó ser el mejor que comí en mi vida. Punto.

No exagero. La carne era de una calidad excepcional, el fuego estaba perfecto, el punto de cocción era exacto y el sabor tenía esa profundidad que uno no puede explicar con palabras pero que reconoce inmediatamente. Quizás también ayudó el contexto: trece días de viaje, el cansancio acumulado, la satisfacción de haber llegado hasta el sur y vuelto sanos y salvos.

En La Pulpería de Tandil
Listos para el mejor asado

La Pulpería de Tandil — el lugar donde comí el mejor asado de mi vida

El cierre: 4500 km en 13 días

En el auto de regreso

El regreso — 13 días de viaje resumen en una cara

Al día siguiente emprendimos el último tramo hasta Buenos Aires. El regreso siempre tiene algo agridulce: las ganas de llegar a casa y, al mismo tiempo, la resistencia a que todo termine. En el auto, con la ruta desplegándose hacia el norte, fui repasando mentalmente cada parada del viaje.

Bahía Blanca y la casa de Manu Ginóbili. Viedma y el auto atascado en la arena. Puerto Madryn y las ballenas francas australes. Península Valdés y los elefantes marinos de Punta Cantor. Trelew y los dinosaurios del MEF. Gáiman y el té galés. Las Grutas y las Piedras Coloradas. Sierra de la Ventana y el pueblo de troncos. Tandil y el asado de La Pulpería.

🛤️ El balance final

4.500 km

recorridos en 13 días por la Patagonia argentina. Un viaje que empezó como un sueño y terminó siendo uno de los mejores recuerdos de mi vida.

Volver a casa con la cabeza llena de imágenes, los músculos cansados y el corazón contento es la mejor sensación que puede dar un viaje. La Patagonia te cambia algo por dentro. Te muestra la escala real del mundo, te recuerda lo pequeño que sos, y paradójicamente, te hace sentir más libre. Cuando puedas, andá. No te va a decepcionar.

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